EL DESEMPEÑO DE NUESTRA CIVILIZACIÓN: ¿UNA FUNCIÓN CONTINUA O DISCRETA?

De la herencia de nuestros ancestros a la era de la inteligencia artificial.
«Todo es trabajo de gente que ya no existe». La frase, difundida en un video de Facebook como parte de una respuesta atribuida a una inteligencia artificial, expresa una idea poderosa: mucho de lo que hoy sabemos, utilizamos y disfrutamos existe gracias al esfuerzo de personas que no llegaron a conocer el alcance de sus aportaciones.
No podemos confirmar, a partir de las imágenes compartidas, la formulación completa ni el contexto original de esa respuesta. Sin embargo, la idea invita a mirar la civilización como una obra entre generaciones: recibimos conocimientos, obras, instituciones y experiencias creadas antes de nosotros, y con nuestras decisiones influimos en el mundo que recibirán quienes todavía no han nacido. Ese legado empieza incluso antes de nuestras obras: comienza con las vidas que hicieron posible la nuestra.
La pregunta del título propone una analogía, no una clasificación matemática literal. Podemos observar el desempeño de una civilización mediante hitos identificables —descubrimientos, obras, reformas e instituciones—, como si fueran puntos discretos; pero también mediante procesos acumulativos —la transmisión del conocimiento, la cultura, la experiencia y las capacidades— que se despliegan de manera continua a lo largo del tiempo. Ambos planos se relacionan: los procesos largos hacen posibles ciertos saltos y los hitos modifican el curso de los procesos. Además, esa trayectoria no es necesariamente ascendente: también puede sufrir retrocesos, pérdidas y rupturas.
Obras cuyo reconocimiento llegó después
La historia cultural muestra que el reconocimiento de una obra no siempre coincide con la vida de quien la creó. No todos estos artistas fueron desconocidos en su época; lo relevante es que el alcance de su legado creció considerablemente después de su muerte.
Emily Dickinson (1830–1886), literatura. La poeta estadounidense publicó muy pocos poemas durante su vida. Después de su muerte se descubrieron numerosos manuscritos, y el primer volumen de su poesía apareció en 1890. La publicación y recuperación de su obra fueron procesos graduales, en los que su hermana Lavinia y otras personas desempeñaron un papel decisivo. Hoy Dickinson ocupa un lugar central en la poesía estadounidense. [1]
Johann Sebastian Bach (1685–1750), música. Bach fue reconocido en vida, especialmente por su trabajo como organista, pero varias de sus grandes composiciones perdieron presencia en el repertorio público tras su muerte. La interpretación de una versión abreviada de la Pasión según san Mateo, dirigida por Felix Mendelssohn en Berlín el 11 de marzo de 1829, contribuyó de manera decisiva a reavivar el interés por su música. Su legado siguió creciendo mucho después de su época. [2]
Vincent van Gogh (1853–1890), pintura. Van Gogh no alcanzó en vida el reconocimiento internacional que hoy tiene. Después de su muerte, su cuñada Johanna van Gogh-Bonger trabajó para conservar, exhibir y difundir sus pinturas y cartas. Esa labor fue fundamental para que su obra llegara a públicos cada vez más amplios. [3]
Estos ejemplos no convierten el reconocimiento póstumo en una medida infalible del valor artístico. Nos recuerdan que la mirada de una época puede ser limitada y que el tiempo, la conservación, la investigación y el trabajo de otras personas pueden revelar dimensiones antes poco apreciadas.
La obra y la vida de quien la crea
El alcance de una aportación no siempre coincide con la duración de la vida de su autor ni con la recompensa que recibe en su momento. Una investigación puede abrir caminos que otras personas recorrerán; una obra puede conmover a quienes nacerán siglos después; y una maestra o un maestro puede transmitir una idea que transforme decisiones futuras sin llegar a conocer sus consecuencias.
La imagen de sembrar árboles bajo cuya sombra no nos sentaremos expresa esa disposición a actuar más allá del beneficio inmediato. No significa que toda acción vaya a ser reconocida, sino que algunas responsabilidades tienen un horizonte más amplio que nuestra propia vida.
El legado que hizo posible nuestra existencia
Antes de preguntarnos qué dejaremos a las generaciones futuras, conviene reconocer lo que recibimos de las que nos precedieron. No hablamos únicamente de obras, descubrimientos o instituciones, sino también de la larga cadena de vidas que hizo posible nuestra existencia.
La reconstrucción de una genealogía familiar —como la que permite identificar algunas líneas hasta el siglo XVI— convierte el pasado en una historia cercana. Aquellas personas tuvieron afectos, tomaron decisiones, formaron familias y afrontaron circunstancias que hoy apenas podemos imaginar. No sabían que, siglos después, alguno de sus descendientes buscaría sus nombres para comprender mejor de dónde viene.
Cada persona forma parte de una extensa historia biológica. Recibimos de nuestros padres una combinación única de información genética; sin embargo, genealogía y herencia genética no son exactamente lo mismo. Al retroceder muchas generaciones, no todos los antepasados genealógicos dejan necesariamente una porción de ADN identificable en cada descendiente. Además de esa herencia biológica, recibimos lenguas, costumbres, relatos, valores y circunstancias que se transmiten entre generaciones.
Por eso, una reunión familiar o la reconstrucción de nuestros antepasados puede significar mucho más que satisfacer una curiosidad histórica. Nos recuerda que no somos un acontecimiento aislado, sino un eslabón de una historia más extensa. Recibimos una existencia que no elegimos y una herencia que no construimos por completo; nos corresponde decidir qué hacemos con ella y qué transmitiremos a quienes nos sucedan. Esta conciencia de continuidad conduce a otra pregunta: ¿cuánto comprendemos, en realidad, de nuestra propia existencia?
La realidad que no vemos: física cuántica y conciencia
La física moderna ha mostrado que la realidad microscópica no se comporta siempre como sugieren nuestras intuiciones cotidianas. La mecánica cuántica describe los estados de sistemas como los electrones y permite calcular probabilidades para los resultados de las mediciones. La materia y sus propiedades emergen de interacciones físicas que no siempre podemos imaginar a partir de nuestra experiencia diaria. Esto invita a la humildad intelectual, pero no significa que el mundo sea irreal ni que la mente humana cree el universo.
Conviene mantener esa distinción: que la naturaleza sea más compleja de lo que percibimos no autoriza a concluir que la física cuántica demuestre una explicación espiritual de la vida o de la conciencia. La ciencia puede obligarnos a revisar nuestras intuiciones, pero las conclusiones deben mantenerse dentro de lo que la evidencia permite sostener.
En este debate aparece Roger Penrose, físico matemático que recibió el Premio Nobel de Física en 2020 por sus aportaciones sobre la formación de agujeros negros dentro de la relatividad general. Junto con el anestesiólogo Stuart Hameroff, desarrolló la propuesta conocida como Orch-OR, según la cual ciertos procesos cuánticos asociados con los microtúbulos de las neuronas podrían intervenir en la conciencia. La propuesta es controvertida y no constituye una explicación demostrada de la experiencia consciente. El Nobel de Penrose reconoció sus contribuciones a la física de los agujeros negros, no la teoría Orch-OR.
Penrose también ha formulado una hipótesis cosmológica llamada cosmología cíclica conforme. Es una línea de trabajo distinta de su propuesta sobre la conciencia y no demuestra que los recuerdos, la personalidad o la identidad individual sobrevivan a la muerte. Que la materia y la energía se transformen no implica, por sí mismo, que continúe la experiencia subjetiva.
La conciencia sigue siendo un problema científico y filosófico abierto. No existe una explicación completa y universalmente aceptada de cómo se relacionan los procesos físicos del cerebro con la experiencia subjetiva: sentir, recordar, percibir y reconocernos como un «yo». Reconocer esa limitación no obliga a aceptar cualquier hipótesis; exige distinguir entre lo que sabemos, lo que investigamos y lo que todavía no podemos afirmar.
¿Qué nos dice la inteligencia artificial?
Esta pregunta cobra una nueva dimensión con la inteligencia artificial. Un sistema puede reconocer patrones históricos, relacionar ejemplos y producir una reflexión convincente sobre el legado humano. Sin embargo, formular una explicación acerca de una experiencia no equivale necesariamente a experimentarla. Una respuesta elocuente no demuestra, por sí sola, que el sistema sienta esperanza, afecto, sacrificio o preocupación por las generaciones futuras.
En otros trabajos hemos planteado si una inteligencia artificial podría llegar a ser consciente. No contamos con una prueba universalmente aceptada que resuelva de manera definitiva si un sistema artificial tiene experiencia subjetiva. Por eso conviene evitar dos saltos injustificados: afirmar que una IA es consciente solo porque conversa como una persona, o presentar como definitivamente resueltas todas las condiciones que permitirían descartar esa posibilidad en sistemas futuros.
También hay una consecuencia práctica: utilizar inteligencia artificial no convierte automáticamente a una persona en especialista. Comprender un tema exige evaluar fuentes, reconocer supuestos, contrastar evidencias y responder por las conclusiones. La IA puede ampliar nuestras capacidades y ayudarnos a formular preguntas; no sustituye el juicio profesional ni el deber de verificar.
Así, la inteligencia artificial nos devuelve una pregunta sobre nosotros mismos, pero no la resuelve por nosotros. Puede ayudarnos a ordenar el conocimiento acumulado y a explorar explicaciones; corresponde a las personas distinguir entre capacidades observables, hipótesis y evidencias. En una reflexión como esta, su utilidad puede consistir en invitarnos a pensar con más profundidad sobre la vida que recibimos y el futuro que estamos construyendo.
El legado también se construye desde las instituciones
Esta reflexión también tiene consecuencias para la gobernanza y la auditoría al desempeño. Las instituciones públicas y privadas no deberían valorar sus resultados exclusivamente por lo que consiguen en el corto plazo. Importa igualmente qué capacidades dejan instaladas, qué conocimientos preservan, qué confianza generan y qué oportunidades abren para quienes continuarán su labor.
Una política pública puede producir beneficios mucho después del periodo de quienes la diseñaron. La inversión en educación, ciencia, infraestructura o fortalecimiento institucional puede rendir frutos durante décadas. Pero también es posible trasladar deudas, deterioro, riesgos y problemas sin resolver a las siguientes generaciones. La responsabilidad intergeneracional exige evaluar tanto los beneficios que se crean como los costos y obligaciones que se heredan.
Desde la auditoría al desempeño, la pregunta no es únicamente si se cumplieron actividades o metas inmediatas, sino qué valor público se generó, qué resultados pueden sostenerse en el tiempo y qué evidencia permite afirmar que la sociedad recibió un beneficio. Algunos resultados pueden identificarse como hitos discretos; otros dependen de capacidades que se acumulan durante años y solo se hacen visibles en generaciones posteriores. Por ello, evaluar el desempeño exige combinar indicadores de resultados con una mirada de largo plazo sobre los efectos, la sostenibilidad y las condiciones que dejamos a quienes vienen después.
También conviene preguntarnos qué ocurre cuando una civilización conserva su capacidad de producir conocimiento, riqueza y tecnología, pero pierde los referentes que daban sentido y orientación a su vida colectiva. Nietzsche condensó esa inquietud en la conocida expresión «Dios ha muerto», desarrollada en La gaya ciencia y Así habló Zaratustra. No era una simple celebración de la desaparición de la fe, sino el anuncio de una crisis: ¿qué sucede con nuestros valores cuando dejan de sostenernos las certezas que durante siglos les dieron fundamento? La pregunta sigue abierta en una época en la que nuestras capacidades técnicas crecen con una rapidez extraordinaria, mientras el sentido de responsabilidad no siempre avanza al mismo ritmo.
Esta preocupación deja de ser abstracta cuando observamos episodios de violencia en nuestras ciudades: personas que destruyen espacios compartidos, atacan a otros o convierten el desacuerdo en una excusa para humillar y destruir. En acontecimientos recientes en Francia e Italia, por ejemplo, se han registrado disturbios junto con protestas motivadas por el costo de la vida, las condiciones educativas y el deterioro de los servicios públicos. Conviene no confundir esos contextos ni atribuirlos a una sola causa; las explicaciones sociales y económicas importan y deben atenderse. Pero también cabe una pregunta más íntima: ¿qué sucede con nuestra conciencia cuando el otro deja de parecernos alguien digno de respeto y se convierte en un obstáculo, un enemigo o un objeto sobre el que descargar la frustración?
No sería riguroso afirmar que la falta de fe provoca por sí misma la violencia, ni que la religiosidad garantiza una conducta justa. La pregunta es más amplia: ¿qué referentes —espirituales, éticos, familiares y comunitarios— ayudan a contener nuestros impulsos, reconocer la dignidad ajena y asumir las consecuencias de nuestros actos? Cuando esos referentes se debilitan y no son sustituidos por una convicción profunda de respeto a la vida y a la persona, el progreso puede convivir con una inquietante regresión humana. Tal vez una de las señales más graves de ese retroceso sea que alguien pierda primero el respeto por sí mismo y, después, deje de reconocerlo en los demás.
Quizá por eso valga la pena volver a abrevar en esos lagos prístinos que la fe puede ofrecer a quienes encuentran en ella una fuente de esperanza, humildad, compasión y trascendencia. No se trata de oponer la fe a la ciencia, ni de imponer una respuesta religiosa a todos, sino de reconocer que el conocimiento y la tecnología, por sí solos, no resuelven todas las preguntas sobre el sentido de la existencia ni determinan cómo debemos vivir. Sin una orientación ética y espiritual —religiosa para algunos, humanista para otros—, el progreso corre el riesgo de convertirse en un desierto interior: un mundo cada vez más capaz de transformar la realidad, pero cada vez menos seguro de para qué hacerlo. Esa imagen de desierto puede acercarnos a lo que, en términos existenciales, llamaríamos un infierno.
Reflexión final
Cada generación recibe una herencia y, al mismo tiempo, participa en su transformación. No comenzamos desde cero: recibimos lenguas, conocimientos científicos, obras artísticas, instituciones, caminos y experiencias acumuladas. Nuestra tarea es conservar lo valioso, corregir lo que ha fallado y aportar algo que amplíe las posibilidades de quienes vendrán después.
Emily Dickinson no pudo contemplar la difusión posterior de buena parte de su poesía; Bach no conoció el alcance que alcanzaría su música en los siglos siguientes; Van Gogh no llegó a presenciar la dimensión mundial de su reconocimiento. Sus historias muestran que la vida de una obra puede exceder la de su creador y que, para hacer visible un legado, a menudo resulta indispensable el trabajo de otras personas.
Lo mismo ocurre con nuestras familias y con las instituciones que compartimos: recibimos aportaciones de personas a quienes quizá nunca conoceremos y dejamos huellas cuyos efectos no podremos medir por completo. La inteligencia artificial puede ayudarnos a reconocer esa continuidad, pero la responsabilidad de decidir qué construir, qué preservar y qué transmitir sigue siendo humana.
Quizá una de las expresiones más profundas de nuestra condición sea trabajar para un futuro que no veremos: construir aquello que otros disfrutarán y transmitir un conocimiento que otros llevarán más lejos. El desempeño de una civilización no se explica solo por una sucesión de logros aislados ni únicamente por una continuidad sin sobresaltos. Surge de la interacción entre avances concretos y procesos acumulativos, entre las decisiones de una generación y las oportunidades que recibe la siguiente. Somos herederos de vidas que no conocimos y, en alguna medida, responsables de las condiciones que dejaremos.
Referencias
[1] Emily Dickinson Museum. “The Posthumous Discovery of Dickinson’s Poems.” https://www.emilydickinsonmuseum.org/emily-dickinson/poetry/the-poet-at-work/the-posthumous-discovery-of-dickinsons-poems/
[2] Library of Congress. “Felix Mendelssohn: Reviving the Works of J.S. Bach.” https://www.loc.gov/collections/felix-mendelssohn/articles-and-essays/felix-mendelssohn-reviving-the-works-of-bach/
[3] Van Gogh Museum. Información institucional sobre la colección y el legado de Vincent van Gogh. https://www.vangoghmuseum.nl/
[4] Lozano Dubernard, Javier. “¿Puede una inteligencia artificial llegar a ser consciente?” Artículo previo del autor. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/41219038/
Referencias complementarias
Stanford Encyclopedia of Philosophy. “Quantum Approaches to Consciousness”. https://plato.stanford.edu/entries/qt-consciousness/
OpenStax. University Physics, Volume 3: Quantum Mechanics. https://openstax.org/details/books/university-physics-volume-3
Hameroff, S. y Penrose, R. (2014). “Consciousness in the universe: A review of the ‘Orch OR’ theory”. Physics of Life Reviews, 11(1), 39–78. https://doi.org/10.1016/j.plrev.2013.08.002
Nobel Prize (2020). The Nobel Prize in Physics 2020 — Roger Penrose. https://www.nobelprize.org/prizes/physics/2020/summary/


